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Tuesday, August 31, 2010

Conducta libre de rabietas


Por Camile Roldán Soto / end.croldan@elnuevodia.com


Vas de compras con tu hija. Entran a una tienda de juguetes para buscar un artículo en particular. Ella se antoja de otra cosa. Le dices que no puedes comprarla. Ella insiste. Vuelves a explicarle. La pequeña llora y grita. Estás cansada, te da pena y, para colmo, te abochorna ser el centro de atención. Entonces sientes que no puedes evitarlo: cedes.

Incumplir a tu palabra en situaciones como esta siembra la base para los problemas de conducta que tantos dolores de cabeza causan a madres y padres. Cuando dices una cosa y haces otra, le enseñas a tu hijo que tu palabra no vale.

“Los padres tienen que cumplir con lo que dicen porque, de lo contrario, los niños aprenden que si insisten pueden salirse con la suya. Esto crea problemas de conducta mayores en el futuro”, explica la psiquiatra Lelis Nazario, directora del Programa de Psiquiatría de la Universidad de Puerto Rico.

Hay diversidad de razones que explican la ambivalencia a la hora de establecer normas, según la experiencia de la experta. A veces el tiempo para estar con los hijos es muy limitado y, cuando por fin se comparte en familia, hay padres que sienten alivio al darles todo. Otros expresan que sienten pena o están demasiado cansados como para lidiar con la conducta.

Tanto Nazario como la psiquiatra Karen Martínez coinciden en reconocer el reto que representa establecer normas en el hogar, pero sostienen que el precio de no hacerlo bien vale el esfuerzo.

Por dónde comenzar

“La disciplina empieza desde que los niños nacen, cuando se crea el enlace con el bebé al responder a sus necesidades. Cuando los niños son pequeñitos, se debe responder al momento, para que entiendan que hay alguien ahí para ellos y desarrollen confianza”, establece la doctora Nazario.

Dejarlos llorar durante los primeros meses de vida bajo el supuesto de que así aprenderá a comportarse evita que desarrollen seguridad en sí mismos y en quienes les rodean. Es importante tener presente que el llanto es la única forma que el bebé tiene para comunicarse. Si está hambriento, tiene calor, se siente enfermo solo o demasiado estimulado, es de esperarse que llore.

Martínez señala que el temperamento del bebé determinará en gran medida cuánto tolera las circunstancias que le causan incomodidad. Cuando un niño demuestra un carácter “difícil”, la recomendación a los padres es ser más rigurosos con la rutina, principalmente a la hora de comer y dormir. Saber qué esperar le ayuda a disminuir la ansiedad.

A medida que crece, es aconsejable anticiparle cuando habrá cambios en su rutina. Además, es muy importante la guía de los cuidadores para ayudarle a canalizar correctamente las emociones. Es decir, poco se logra cuando a un niño histérico se le pega o se le grita, pues disciplinar no es castigar o amenazar. Significa ayudar al menor a comprender cuál es la forma de comportarse según su edad y, para lograrlo, el modelaje es fundamental.

Especialmente en las etapas más tempranas del desarrollo, las mejores herramientas para disciplinar son “la supervisión, la distracción y la reorientación”, según explica el Programa de Capacitación contra la Violencia de la organización Act Against Violence.

“El niño con temperamento difícil no actúa con maldad. Los padres deben ser sus modelos para aprender cómo se deben comportar”, señala Martínez.

Ni tanto ni tan poco

En la disciplina, como tantas áreas en la vida, los excesos son nocivos. Las psiquiatras coinciden en que a menudo observan en consulta dos extremos: padres muy flexibles o demasiado estrictos.

“Los niños necesitan disciplina y orden. Tienen que saber a quién tienen que respetar. Lo padres demasiado complacientes crían hijos que después no se pueden adaptar a otros ambientes”, sostiene Martínez.

Enfrascarse en discusiones filosóficas o discursos prolongados con los niños no resulta, como tampoco es eficiente demostrar rabia o gritar.

Los niños deben acostumbrarse a seguir instrucciones impartidas con un tono amable pero firme.

Por otro lado, las normas demasiado rígidas crean un ambiente muy cargado para el niño, que le impide aprender de sus errores. Además, enfocarse sólo en lo negativo le envía el mensaje de que así puede llamar la atención de sus padres.

“Una de las prácticas que se deben evitar es no poner atención a las cosas buenas que hacen los nenes”, señala la doctora Nazario.

El refuerzo positivo es la práctica de prestar atención a los buenos comportamientos. Cuando esté jugando, solo involúcrate de alguna manera, aunque sea momentáneamente, para desmostrarle que estás pendiente.

Qué hace la diferencia

La consistencia es la clave para evitar los comportamientos no deseados. Uno de los obstáculos para ser consistente es advertir consecuencias que no vas a cumplir como, por ejemplo, decirle: si no recoges tu cuarto no vamos para Disney. En su lugar, las psiquiatras aconsejan a los padres ser realistas y razonables al establecer sanciones. Nunca debes prometer algo que no estés dispuesto a cumplir. Y eso aplica también a las promesas de premios.

Cuando los niños tienen claro que sus acciones tendrán consecuencias, aprenden a hacerse responsables de sus actos.

Para practicar el refuerzo positivo, puedes escribir en un papel los comportamientos deseados y al final del día revisarlo para determinar junto a él con cuáles cumplió. Puedes colocar un sello o una carita feliz a modo de recompensa. Esto no quiere decir que el niño debe esperar recompensa, mucho menos material, por todo lo bueno que haga. Simplemente, con reconocer su buena conducta, incluso verbalmente, le envías el mensaje adecuado.

Mirarse al espejo

En ocasiones, la mejor manera de prevenir malos ratos es hacer lo posible por evitar desahogar en los niños los corajes o frustraciones. Cuando los padres reconocen que están demasiado estresados y tienen menos paciencia que de costumbre, pueden lidiar más astutamente con las circunstancias que surjan.

No se trata de ceder la autoridad, sino de buscar formas creativas de lidiar con los ánimos. Inventa algún juego o actividad con el cual pueda entrenerse solo mientras te despejas un rato. Busca ayuda de familiares o vecinos o, simplemente, ten en cuenta que el niño no es responsable de lo que ocurre en tu trabajo o vida personal, aconsejan las entrevistadas.

Lo que sí funciona

Haz que el niño descanse o juegue solo durante un tiempo, cuando él o ella continúa irritando a los demás, pelea, busca pleitos, pega y patea. Estar apartado durante un rato le permite al niño calmarse. Luego puedes poner en práctica otras formas de animar un mejor comportamiento.

MANEJO DEL COMPORTAMIENTO Habla con el niño calmadamente, para enterarte de lo que sucedió, por qué y cómo el mismo niño lo ve. Luego habla sobre formas diferentes de manejar esto. Lleguen a una solución que sea aceptada tanto por ti como por el niño. Esto ayuda a que el niño aprenda a ser responsable de su comportamiento.

REDIRECCIÓN. Cuando los niños pequeños se ven en problemas, detenlos, explícales por qué los estás deteniendo y sugiéreles otra actividad. Cuando rayan la pared, proporciónales papel y crayones. Cuando corren peligrosamente dentro del hogar, llévalos afuera para jugar un juego donde puedan correr. Cuando tiren libros, reúnelos para leerles un cuento u organiza un juego de tiradas y atrapadas.

ARREGLAR. Cuando los niños causan problemas o se lastiman, hazlos arreglar o solucionar el problema o al menos que ayuden en el proceso. Si derraman leche, dales un paño para que lo limpien. Si rompen un juguete, pídeles que lo arreglen. Si hacen llorar a otro niño, permite que ayude a calmarlo. Si tiran juguetes por la habitación, pídeles que los guarden.

SÉ FIRME. Explica de un modo claro y firme, o incluso obliga al niño a hacer lo que tiene que hacer. No uses un tono de voz indeciso. Habla en un tono que le permita saber que estás seguro de lo que dices y que esperas que el niño lo haga. Ser firme no significa gritar, amenazar, razonar o quitar privilegios. Ser firme funciona en muchas situaciones y para un niño de cualquier edad.

MANTÉN EL CONTROL. Actúa antes de que la situación se salga de control, antes de enojarte o sentirte demasiado frustrado, y antes de que el comportamiento del niño se vuelva irracional.

SÉ IMPARCIAL. En otras palabras, “mantén la calma”. Si tu hijo hace algo que no apruebas o que está mal, imagina que es el hijo de tu vecino y pregúntate: ¿qué harías? O imagina que eres el maestro de tu hijo. ¿Cómo manejaría esta situación el maestro? Esta es la forma en la que tú podrías manejarla también.

Más herramientas

Establece límites:

Usa instrucciones positivas con tono amable como por ejemplo: “Por favor guarda el juguete ahora mismo”.

Cuando le pidas algo, hazlo de manera positiva. Por ejemplo: “Por favor, habla en un tono más bajo o calmado”, en lugar de gritar: “No grites”.

Usa las palabras “cuando” y “entonces” como un aviso sobre algo, en lugar de emitir amenazas. Por ejemplo: “Cuando termines de tomar la leche, entonces podrás ir a jugar”.

Ignora:

Algunos comportamientos que no son peligrosos para el niño o para los demás deberían ser ignorados. Algunos ejemplos son: tono quejoso, discutirlo todo, usar malas palabras o tener una rabieta. Si no ignoras algunos de estos comportamientos, te la pasarás corrigiendo al niño y estarás prestando atención a comportamientos negativos, en lugar de positivos. Decide cuáles comportamientos puedes ignorar. Intenta distraer al niño. Por ejemplo, llama su atención al elefante en el libro o cualquier otra cosa alrededor. Además, alaba el comportamiento positivo. Por ejemplo: “Me gusta mucho cuando, en vez de gritarme, me explicas por qué estás enojado”.

Enseña las consecuencias:

A veces los padres le pueden enseñar al niño a no repetir un comportamiento negativo, si le advierten o le avisan lo que le puede pasar como consecuencia de su acción. Claro, que si el niño está en peligro este principio no aplica. Siempre hay que explicarle al niño la conexión entre su comportamiento y las consecuencias.

Pérdida de privilegios:

Cuando un niño tiene edad suficiente para entender que se le quitará un privilegio, si continúa portándose mal, esto puede ser una experiencia instructiva. Se le ofrece al niño la oportunidad de controlarse o perder el privilegio y se le enseña que sus acciones tienen consecuencias. No es justo quitar privilegios sin haber advertido que esta será una consecuencia. Es importante tener en cuenta el nivel de desarrollo del niño, al determinar si el comportamiento amerita la suspensión de un privilegio.

Algunos ejemplos son:

A los 3 años, si el niño les tira arena repetidamente a los otros niños pierde el privilegio de quedarse jugando en la arena.

A los 4 años, si bota la muñeca de su hermanita pierde el privilegio de jugar con los juguetes de su hermana.

A los 5 años, si escupe a su hermano mayor no se le leerán cuentos antes de acostarse.

A los 6 años, si destroza el rompecabezas de su hermano o hermana, deberá quedarse dentro de la casa mientras sus hermanos montan bicicleta.

A los 7 años, si falta el respeto no podrá ver su programa de televisión favorito.


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Fuente: Programa de Capacitación contra la Violencia

www.ActAgainstViolence.org

Recuperado el 31 de octubre de 2010, de http://www.elnuevodia.com/conductalibrederabietas-770065.html

Foto de http://www.laopinon.cl/tmp_images/372/noticia_18552_normal.jpg

1 comment:

Anonymous said...
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